En 1943 un núcleo de jóvenes soñadores —pero audaces— decide
desafiar el establishment cultural de Puebla, persuadidos de que
el mismo se había convertido en un obstáculo para superación
de las letras y de las otras expresiones artísticas de la entidad.
Este desafío partió de la intuición de que —parafraseando a
Hamlet— “algo podrido” flotaba en la vida cultural y social de
Puebla, percatándose de que la causa de ese fenómeno se
encontraba en la “enfermedad moral” que asolaba al estado en
ese tiempo, expresión inequívoca de la devastación social
provocada por el cacicazgo avilacamachista, quien con su
despotismo e intolerancia había convertido a la entidad en algo
semejante a una “Tierra Baldía” en la que brillaban por su
ausencia no sólo las libertades políticas y sociales, sino incluso
esas libertades que en apariencia son “inofensivas” para los
sistemas dictatoriales (razón por la cual éstos suelen, si es que
no tolerarlas abiertamente, sí pasarlas por alto): esto es, las
libertades de pensamiento y de creación.